Mi Posición Frente a la Educación

Al dar inicio a este blog he creído oportuno insistir, a modo de renovación de fe, en el sentido y proyección que he dado a la educación  a lo largo de mi vida.

Ubicado en el contexto de un humanismo científico-tecnológico de inspiración cristiana sigo creyendo y apostando en y por una educación para la liberación y por ende para la innovación desde la perspectiva del “desarrollo humano”.

  • El carácter humanista.

Coincidido con  Guédez  (1987)  en que  “la educación es fundamentalmente, un fenómeno personal-histórico-social-ideológico. La educación nace en la sociedad, se dinamiza y administra a través de sus instituciones configurativas siendo además garantía de su supervivencia y progreso.   La educación es parte de la realidad social, y como tal está en relación con todos los elementos de la misma, recibiendo de ellos influencias y proyectándose permanentemente hacia una vida mejor para todos, no  divorciado de su contexto sino vinculado con todo el sentido de la dinámica histórica.”

Sostengo con él, que “no es posible separar nuestra vocación histórica de un esquema pedagógico. Dicho en otros términos, no podemos concebir un proyecto pedagógico al margen de un proyecto histórico global, y tampoco favorecer la conquista y consolidación de un proyecto histórico sin el apoyo de un proyecto pedagógico que actúe como aliento y orientación. Es por esto que la consideración de cualquier aspecto inherente a la temática educativa no puede circunscribirse a los aspectos del contenido (qué enseñar), de los métodos (cómo enseñar) y de las estrategias (con qué recursos y dentro de qué vías enseñar). El alcance histórico y el significado ideológico de la educación debe transponer esas limitaciones en favor de un ámbito más extenso como la de un proyecto de sociedad.”

El proyecto histórico es una especie de oxígeno para el proyecto pedagógico. Prescindir de él o subestimar su significado provocaría una asfixia de los propósitos educativos.

Me reafirmo también en que la educación es un proceso de emancipación, mediante el cual los sujetos y los pueblos dejan de ser meros sujetos para convertirse en agentes de su propio destino, gracias a su capacidad transformadora.

En tal sentido, educar es liberar. El mundo es el lugar donde los seres humanos se hacen hombres por su acción liberadora. Y esta acción es posible porque el hombre es una conciencia orientada al mundo, reflexiva y trascendente.

Creo con Berdiaev (1936), que “sólo la libertad espiritual es la verdadera, y ésta no significa un paso a lo abstracto sino a lo concreto; es una victoria sobre el mundo y sobre sí mismo. El hombre libre no debe sentirse en la periferia del mundo objetivo, sino en el centro de la vida espiritual.”

Como bien apunta Freire (1969), l”a educación verdadera es praxis, reflexión del hombre sobre el mundo para transformarlo. Se basa Freire en el hecho de que para el ser humano el mundo es una realidad objetiva susceptible de ser conocida y transformada por él.” Parte también de la idea de que el hombre es un ser de relaciones y no sólo de contactos. “No sólo está en el mundo, sino con el mundo”.

En este contexto de ideas la educación, en mi concepción liberadora, constituye un movimiento de construcción de una cultura alternativa que expresa la proyección de un hombre nuevo y de una sociedad distinta. La educación liberadora además reivindica el sentido de la criticidad ya que plantea una concepción educativa centrada en la interrogación, la deliberación y la valoración de la realidad histórica.

  • El carácter  científico-tecnológico.

En algunos medios académicos, advierte Gelpi (1991), se observa un rígido debate entre “educación liberadora” y “educación cibernética”. Pero “un serio análisis demuestra que no son necesariamente contradictorias: las dos pueden ser manipuladoras o, al contrario, instrumentos de democracia educativa. Las modernas tecnologías pueden contribuir no solamente a enfrentar las necesidades organizativas del sistema productivo, sino también a las necesidades individuales y colectivas de la vida personal y social.  Una apreciación diferente de las nuevas tecnologías puede reorientar la investigación tecnológica hacia esta dirección.  Ellas pueden transformar la vida educativa y de ocio, ellas pueden enriquecer el tiempo de no trabajo de numerosas  categorías de personas y la capacidad de aprendizaje de nuestras sociedades.”

El enlace de la ciencia y la tecnología con la producción y reproducción de la vida material de la sociedad determina la esencia de la ciencia moderna y contemporánea, que ha devenido en componente fundamental del progreso humano.

Sin embargo, no obstante el valor que concedo a la tecnología, coincido con Ladrière (1978) en que la era tecnológica significa una amenaza para la humanidad, precisamente por no haber sido bien entendido el sentido de ciencia aplicada, ciencia al servicio del hombre..

Según este autor, “la ciencia y la técnica tienden hoy a constituir juntas una especie de superdominio o superestructura única, conceptual y práctica de carácter dinámico que evoluciona en el sentido de una complejidad creciente, de una integración cada vez más estrecha y de una autonomía cada vez más consolidada; en fin, de una sistematización autofinalizada que tiende a influir cada vez más en el sistema cultural al que le va imponiendo  a través de una inducción práctica sus dos grandes valores: la objetividad científica y la eficacia técnica.”

La introducción de la tecnología, cada vez más sofisticada y excluyente, así como su adecuada orientación exigen, por lo tanto, la cuidadosa capacitación de los cuadros para la planificación estratégica, la planificación de innovaciones, el pensamiento sistémico, el uso de la informática y la telemática; es necesario igualmente continuar formando en las competencias tradicionales y no se debe olvidar que los hombres y las mujeres no calificadas son más vulnerables a la introducción de la tecnología en el lugar de trabajo.

  • La inspiración cristiana.

Se me ha dicho a veces que lo que postulo es una utopía y efectivamente creo que es así. Es una utopía, pero no en el sentido peyorativo que se suele dar a este término, sino como el proyecto aquél que el pueblo vive consciente de su herencia, de las dificultades que tiene que sortear o enfrentar y de la validez del ideal que lo  anima.

La utopía no es el no lugar ni el no tiempo de las concepciones caseras, es la más grande posibilidad de la existencia, es tensión constante, insatisfacción fontanal, anhelo de otras dimensiones, negación al conformismo. Sin este elemento utópico el mundo del hombre no hubiera emergido de la barbarie y del instinto; pero la utopía señala además un término, una meta. Esta es el Reino de Dios, la sociedad sin clases, el mundo justo, etc.

El cristianismo es una utopía. Para Gutiérrez (1973) Cristo por su muerte y resurrección redime al hombre del pecado y de todas sus consecuencias. “Es el mismo Dios quien, en la plenitud de los tiempos, envía a su Hijo para que hecho carne, venga a liberar a todos los hombres de todas las esclavitudes a que los tiene sujetos el pecado, la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión, en una palabra, la injusticia y el odio que tienen su origen en el egoísmo humano”.  Es por eso que la vida cristiana es una pascua, un tránsito del pecado a la gracia, de la muerte a la vida, de la injusticia a la justicia, de lo infrahumano a lo humano.  Cristo nos hace, en efecto, entrar por el don de su Espíritu en comunión con Dios y con todos los hombres.  Más exactamente, es porque nos hace entrar en esa comunión, en itinerante búsqueda hacia su plenitud, que vence al pecado, negación del amor, y a todas sus secuelas.

Es así que me adhiero a lo escrito por Elzo (2004), que “la religiosidad es una de las dimensiones fundamentales del ser humano y por ende la educación necesariamente la debe atender.”

“El carácter absoluto de Dios es incuestionable. Sin embargo, considero que se manifiesta y es comprendido, cuando no construido, de forma muy distinta en las civilizaciones y culturas a lo largo de la historia que, si algo ha mostrado, es la universalidad de la pregunta religiosa y la persistencia de lo religioso.  La espiritualidad es central, también para los no creyentes, que no por ello dejan de poder formularse las mismas preguntas que nos hacemos los creyentes.  Que no lleguemos a las mismas respuestas es secundario si aceptamos la pertinencia de las preguntas, el respeto a las respuestas y el carácter absoluto de la dignidad de todas las personas.”

Referencias bibliográficas

BERDIAEV, N.

1936        Esclavitud y libertad en el hombre. Araluce. Barcelona.

ELZO, J.

2004       “La educación del futuro y los valores”. Artículo para la ponencia impartida en el ciclo «Debates de educación» organizado por la Fundación Jaume Bofill y la UOC, que tuvo lugar en Barcelona el día 1 de junio.

FREIRE,P.

1974        “La Educación como Práctica de la  Libertad”, Buenos Aires, Siglo XXI.

GELPI, E.

1991        Educación Permanente. Problemas Laborales y Perspectivas. Lima, Tarea.

GUÉDEZ, V.

1985        Lineamientos académicos para la definición de los perfiles profesionales. Curriculum, Año 5, n. 10, Caracas.

GUTIERREZ,G.

1973        “Teología de la Liberación. Perspectivas”, Salamanca, Sígueme.

LADRIÉRE, J.

1978        Les enjeux de la rationalité. Le défi de la science et de la technologie aux cultures. Paris. Aubier-Montagne.

(Extracto de las palabras de agradecimiento al haberme concedido la distinción de Profesor Emérito de la Pontificia Universidad Católica del Perú. 10 de octubre de 2007)